La inflación moderada ¿una buena noticia?

Hay un consenso generalizado entre todos los bancos centrales (la Fed, el Banco de Japón y el BCE) de que la inflación debe estar en el entorno del 2%, para lo que tradicionalmente se han servido de los tipos de interés para proporcionar crédito a las empresas, que les serviría para generar empleo y aumentar la inflación.

Pero la inflación implica que el dinero hoy vale menos que en el futuro, al reducirse su capacidad de compra, por lo tanto, ¿por qué este interés en que haya inflación? ¿no sería mejor que hubiese deflación? (es decir, el fenómeno opuesto). La respuesta está en la llamada curva de Philips, una forma de nombrar la supuesta relación inversa entre inflación y desempleo. Es decir, que para bajar el desempleo hay que aceptar que la inflación aumente, y que intentar bajar la inflación conduce a un aumento del desempleo.

Luchando contra la deflación

En Europa Mario Draghi ha sido, desde noviembre de 2011, quien ha pilotado el Banco Central llevándolo por la senda de las bajadas de tipos de interés y de un conjunto de medidas no convencionales para intentar animar la actividad económica y subir la inflación, que desde su punto de vista son equivalentes.

Sin embargo, el IPC, la variable que utilizan para medir la inflación, se ha resistido a subir. Sólo en el último trimestre de 2016 comenzó a hacerlo (en marzo de ese año los tipos de interés bajaron al 0%).

Gráfico: índice de precios de consumo de la UE (la evolución en España es muy similar)

Estos datos de inflación contrastan con los datos del mercado de la vivienda, que ha estado creciendo de forma sostenida desde 2014 en España. El resto de Europa ha sufrido el mismo efecto, con el ejemplo de Londres, donde la población está saliendo a la periferia porque no puede pagar los precios del centro o el de Alemania, donde su mercado de alquiler ha llegado a tal punto que en Berlin están tramitando una ley que congele los alquileres durante cinco años.

Así que la inflación, medida por el IPC, refleja los precios de lo que se consume en Europa, no de lo que se produce, una distinción importante ya que los niveles de comercio hacen que mucho de lo consumido provenga de más allá de la frontera, en especial en tecnología (desde microondas hasta teléfonos móviles). Tampoco incluye el precio de la vivienda, producido y consumido de forma local, y que es una asignación de recursos familiares, pero tiene categoría de inversión y queda fuera de la medición de la inflación que utilizan los Bancos Centrales.

La influencia del petróleo

Pero además los precios de los artículos de la cesta que se usa para medir el IPC están muy influidos por el precio de una sola materia prima: el petróleo. Su precio afecta al coste del transporte, al del plástico que compone una parte o la totalidad del producto y al del embalaje en el que nos venden muchos artículos. La correlación está clara comparando la evolución del precio del petróleo en crudo (ver gráfico) con la del IPC. Visto de este modo, habría que estar encantado con una sana deflación que, además, permite liberar recursos que permiten reducir la deuda de las familias, en especial de las españolas.

Gráfico: evolución del precio de la cesta de referencia de países miembros de la OPEP

La influencia de la tecnología

Un caso que nos permite una buena reflexión sobre el efecto de la tecnología en los precios es el de Japón, que lleva años luchando contra la deflación sin mucho éxito, con medidas de expansión monetaria de su banco central, acompañando distintas políticas públicas.

El consumo de una familia típica tiene componentes tecnológicos que hace veinte años no eran tan acusados. Las industrias de la automoción, la electrónica, la automatización, la informática y las telecomunicaciones, se han beneficiado de mejoras en la productividad que podríamos calificar de exponenciales, lo que a su vez ha permitido que la mayoría de las familias puedan acceder a este tipo de productos, puesto que sus precios han bajado en línea con sus costes (pensemos por ejemplo, en las televisiones).

Japón es un productor de este tipo de artículos y por tanto se ha beneficiado esta bajada de precios, pero a la vez tiene una población muy envejecida con sus hogares saturados con toda la tecnología posible, lo que hace que el crecimiento económico de las industrias innovadoras dependa de los consumidores del resto del mundo, que por otra parte, tienen problemas similares y pueden elegir en la mayoría de las ocasiones, entre marcas de distintas nacionalidades.

A mí me gusta la deflación, ¿y a usted?

A pesar de que podamos estar encantados con que aumente nuestra capacidad de compra, los bancos centrales siguen insistiendo en su objetivo inflacionario, consiguiendo que nuestras cuentas corrientes, de hecho, tengan rendimiento negativo por lo que nos cobra el banco en comisiones. O para no exagerar, lo cierto es que sólo podemos tener tantas cuentas como nóminas para que no nos cobren comisiones.

La cuestión es qué pasa en un escenario en el que la inflación (o mejor dicho, la subida del IPC) se considera suficiente y por tanto, los tipos de interés suben. Si estoy endeudado a tipo variable o mixto mi deuda se encarece, pues el Euribor también lo hará. El único consuelo es que, puesto que el dinero irá perdiendo capacidad de compra, la deuda a largo plazo se abaratará en términos reales.

Por otra parte, la subida de tipos hará que la compra para alquilar sea un negocio más difícilmente rentable en un momento en el que en España debe aumentar la oferta de alquiler. Además, las políticas públicas se verán afectadas por el peso de los pagos por intereses, dificultando la asignación de recursos a políticas de vivienda.

En conclusión, las familias tendrán que ir pensando en cómo capear un temporal que puede surgir por un amplio abanico de causas, salvo que el señor Philips nos asista y la inflación vaya acompañada de crecimiento económico, generando empleo como lo ha venido haciendo durante los últimos años en España.