La riqueza de los españoles, creciente en los últimos cinco años

La riqueza inmobiliaria de los españoles ha venido aumentando de forma sostenida durante los últimos cinco años, de modo que entre el último trimestre de 2013 y el último de 2018 ha crecido por encima del 25%, un 4’7% en tasa anual compuesta. Esta tasa de crecimiento refleja, por una parte, la inversión nueva en inmuebles y por otra, el aumento en su valor.

La riqueza financiera neta, por el contrario, ha sido más volátil, y durante 2017 y 2018 no ha crecido, a pesar de lo cual durante los mismos cinco años se ha incrementado en un 5’6% en tasa anual.

La inestabilidad de la riqueza financiera neta se ve afectada por el repunte de la actividad del mercado inmobiliario, que ha sido apoyado por el crédito hipotecario en ese período, aumentando la deuda de las familias, a la vez que aquellas que estaban ya endeudadas han ido reduciendo su nivel de deuda.

Si bien es cierto que este aumento en la riqueza no ha estado uniformemente distribuido, sí se puede afirmar que la posición financiera de los hogares ha mejorado de forma notable.

La población de 64 y más años alcanzará el 23’6% del total en 2030 (11’5 millones de personas)

Las proyecciones de población reflejan que vivimos más tiempo y en mejores condiciones, algo que se comprueba fácilmente dando un paseo por el centro de la cuidad, y esto es algo que hay que celebrar. Sin embargo, el modelo actual de vivienda, en el que no hay espacio para que convivan cómodamente varias generaciones de una misma familia, hace que sea necesaria la pensión pública para cubrir sus costes (comunidad, electricidad, IBI, etc) a la que se añaden los ahorros acumulados durante la vida laboral.

La proyección de población de 2020 a 2030 (en el gráfico, por grupos decenales de edad) permite ver algunas tendencias claras, pero lo que nos interesa ahora es el efecto que tendrán sobre el número de trabajadores por cada jubilado. Como aproximación, nos sirve el ratio del número de personas de más de 64 años sobre aquellas entre 25 y 64, que arroja un 35’3% en 2020 pero que en 2030 llega a ser de 44’8%. Si tenemos en cuenta la tasa de actividad española, en el 58%, y la de paro, actualmente en el 14’7%, el ratio en 2030 podría ser mucho mayor, aproximándose a los ocho pensionistas por cada diez trabadores en activo.

Así pues, para un pensionista en 2030, los ahorros que se hayan conseguido a lo largo de la vida laboral serán muy importantes para mantener un nivel de gasto personal parecido al de la época de actividad.

La riqueza en 2030

Algunos economistas opinan que el aumento en el valor de los activos, que hemos revisado brevemente en las primeras líneas, está reflejando la inflación debida a las medidas tomadas por el banco central europeo, que han aumentado la disponibilidad de dinero en la economía con el fin de animar la actividad y alcanzar el objetivo de inflación (medida por el IPC) del 2%.

Puesto que estos estímulos no pueden sostenerse de forma indefinida, aunque se siguiese coordinando la acción de los bancos centrales, si estos han producido una inflación de los activos, la retirada de las medidas de expansión cuantitativa implicaría una corrección en la valoración de estos, que, mientras no haya que convertir en liquidez no tiene efectos prácticos para los hogares.

Sin embargo, a medida que alarguemos el horizonte temporal, digamos un decenio, los efectos del envejecimiento de la población sobre el precio de los inmuebles se vuelven más confusos.

Sin embargo, ya podemos ver lo que ocurre si observamos lo que ocurre en las ciudades más pequeñas. Los municipios donde hay más posibilidades reciben un flujo de gente en edad laboral que buscan vivienda, y esta es transferida a ellos desde los grupos de edad más avanzada. Esto cuadra con el modelo generacional del ahorro: los jóvenes ahorran para cuando se jubilen comprando activos (financieros o inmobiliarios), mientras que los mayores venden activos para financiar su jubilación.

En conjunto, es difícil precisar si los índices de precios de la vivienda agregados reflejarán una reducción, aunque los modelos económicos afirman que sí, porque habrá lugares con activos de calidad que sigan siendo demandados por una población joven menguante en proporción, mientras que en otros lugares, a falta de demanda, se deberán bajar los precios para conseguir caja. Además, gracias a los avances tecnológicos, al mejor estado de salud al que se llega a edades avanzadas y también porque habrá necesidad financiera, la edad de jubilación se irá retrasando, reduciendo la presión de venta del inmueble.

Concluyendo, desde el punto de vista financiero, hay que comprar la vivienda en una buena zona (y que continúe siéndolo en los próximos diez años), en un municipio con actividad económica destacada, pero teniendo en cuenta el posible factor inflacionario de las políticas de los bancos centrales, que potencialmente distorsione la estimación sobre el valor futuro del inmueble.